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Coaching. Silencios arriesgados

En España, los datos sobre suicidio masculino dibujan un paisaje silencioso y muchas veces incomprendido. Los hombres mueren por su propia mano con mayor frecuencia que las mujeres, y esta diferencia no se limita a cifras frías. Invita a preguntarse cómo las expectativas culturales, las presiones sociales y las respuestas internas al dolor moldean la experiencia masculina del sufrimiento. La sociedad ha construido un ideal de fortaleza que obliga a ocultar emociones y a enfrentar la vida con una resiliencia que a veces resulta imposible de sostener. Vivir bajo ese mandato deja poco espacio para el desahogo y mucho terreno para la desesperanza.



Desde temprana edad, se enseña a los hombres a contener la tristeza y a resolver sus problemas en soledad. Hablar de miedo, ansiedad o tristeza se percibe como debilidad, y pedir ayuda puede interpretarse como una traición a la identidad social asignada. Este aislamiento emocional genera un caldo de cultivo silencioso donde los factores de riesgo se acumulan sin reconocimiento ni apoyo. La presión de cumplir con roles de proveedor, protector y referente añade otra capa de tensión. Cada dificultad real o percibida se amplifica, produciendo un peso que se internaliza y rara vez se comparte. La vida cotidiana se convierte así en un ejercicio constante de autocontrol, donde la emoción se reprime y la vulnerabilidad se esconde, a veces con consecuencias irreversibles.


La biología y la psicología se entrelazan con la cultura para explicar parte del riesgo. La impulsividad y la propensión a la agresividad pueden predisponer a decisiones extremas, mientras que los métodos elegidos en los suicidios masculinos tienden a ser más letales. Esto transforma un acto de desesperación en un desenlace fatal con más frecuencia que en las mujeres, quienes intentan suicidarse más pero suelen emplear medios menos letales. La elección del método refleja una urgencia silenciosa, una determinación de acabar con un dolor que ha sido mantenido en secreto durante demasiado tiempo.


Al mismo tiempo, los síntomas de depresión en hombres suelen manifestarse de manera atípica, con irritabilidad, apatía o conductas de riesgo, lo que dificulta que familiares, amigos o profesionales detecten la gravedad a tiempo. La presencia de alcohol y otras sustancias, utilizadas para amortiguar o distraer del sufrimiento, aumenta la impulsividad y reduce la capacidad de autocontrol, contribuyendo a un riesgo que a menudo solo se percibe cuando es demasiado tarde.


Reflexionar sobre estas diferencias invita a cuestionar los valores que asociamos con la masculinidad. La vulnerabilidad no es debilidad, sino una condición humana que necesita reconocimiento y acompañamiento. Hablar de dolor y buscar ayuda debería ser un acto natural, no un desafío social. En este contexto, herramientas como el coaching pueden ofrecer un espacio valioso. Permiten explorar emociones, identificar patrones de pensamiento y conducta que limitan, y generar estrategias para gestionar la presión y el estrés de manera consciente. En ese marco, la vulnerabilidad deja de ser un riesgo y se convierte en un acto de autocomprensión y crecimiento, donde los hombres pueden aprender a escucharse y a cuidar de sí mismos sin sentir que traicionan su identidad.



Cada número en las estadísticas encierra historias de soledad, lucha y frustración. Mirarlas con atención permite comprender que detrás de cada muerte hay un tejido complejo de experiencias humanas que merecen ser vistas y escuchadas. La práctica del coaching no sustituye la atención clínica, pero ofrece acompañamiento que fortalece la conciencia emocional y ayuda a construir recursos internos para afrontar los desafíos de la vida.


Reflexionar sobre ello no produce respuestas definitivas, pero abre un espacio donde la comprensión y la sensibilidad pueden tomar protagonismo. El hecho de que los hombres se suiciden más que las mujeres interpela sobre los silencios que sostenemos y la manera en que construimos nuestras expectativas y roles sociales.


Este fenómeno invita a pensar en cómo acompañamos el sufrimiento, cómo reconocemos el dolor y cómo generamos espacios seguros para la expresión emocional. La reflexión no concluye, pero permite asomarse a la complejidad de la experiencia masculina del dolor y reconocer la urgencia de un diálogo que puede salvar vidas, transformando silencios letales en escucha activa, autoconocimiento y cuidado compartido. En ese recorrido, el coaching aparece como una herramienta capaz de abrir puertas, ofreciendo un terreno donde la vulnerabilidad deja de ser amenaza y se convierte en oportunidad de crecimiento y comprensión, un paso necesario para reconstruir la relación de los hombres consigo mismos y con quienes los rodean.


 
 
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